lunes, septiembre 24, 2007

cuando la inflación te da de comer

(larga nota aparecida en Newsweek local, incluyendo un par de párrafos cuestionados por autoplagiados).

Si hay un país que conoce de cerca los males de la inflación es la Argentina. Dejando a un lado los picos temporarios recontra-hiper-inflacionarios de algunas naciones europeas en las dos posguerras, la Argentina fue el país que acumuló un mayor aumento de precios a lo largo del siglo XX, trofeo obtenido en 1990 luego de una de las pocas finales que le hemos podido ganar a Brasil (año pródigo aquel, en que también les ganamos al fútbol). Después vinieron unos quince años de estabilidad, interrumpidos temporariamente por el salto de precios de 2002. ¿Cómo es posible que un país que conoce como nadie lo peligroso del asunto se ubique otra vez en el top-10 mundial de inflación? (De hecho, si suponemos una inflación de 16% para este año, la Argentina se ubicaría en el séptimo puesto del planeta, superado sólo por tres miembros del Eje del Mal –Irak, Irán, Venezuela- y tres dictaduras cuyos ingresos per cápita están en los puestos 132, 133 y 140 del mundo; ver cuadro). ¿Será que hay alguna característica psicológica de los argentinos, o algo estructural en la economía de los argentinos, que los condena a vivir, de tanto en tanto, al agitado ritmo de la tasa de inflación?



La respuesta es más difícil que nunca. En otras épocas era sencillo construir una historia comprensible para explicar la inflación. Al menos desde la posguerra, el Estado argentino gastaba más de lo que recaudaba; la diferencia podía arrimarla en algún momento el superávit inicial de las cajas jubilatorias –cuando había muchos aportantes por cada jubilado-, el endeduamiento externo o los impuestos extraordinarios (desde retenciones hasta ahorros forzosos) pero esos ardides rara vez alcanzaban, y el déficit se pagaba imprimiendo dinero. ¿Por qué es que la impresión de dinero genera inflación? Alguna idea en el recuadro de la página X.



¿Más dinero = más inflación?

Que la emisión excesiva causa subas en los precios es una del puñado de ideas que los economistas creen con fe inquebrantable, aunque pocos se sienten a reflexionar sobre los motivos. No es que la emisión aumente el poder de compra, y por esa vía estimule la demanda y finalmente los precios. Después de todo, la metáfora apropiada para la política monetaria no es Papá Noel repartiendo a la marchanta los dineros de su bolsa, sino Cristóbal Colón cambiándole a unos desprevenidos espejitos de colores (los billetes de pesos) por otros valores menos sospechosos (bonos, dólares). En principio –esto es, antes de que cambien los precios- la riqueza de la gente no se altera por la emisión de dinero, sino que cambia su composición: más pesos, menos dólares y otros activos.

El problema empieza cuando la gente percibe que tiene más pesos que los que desea (sí, eso es posible: nadie tiene la riqueza con la que sueña, pero sí puede ser excesiva la proporción guardada en papelitos de colores). Si el gobierno ha emitido por encima de la cantidad de billetes que la gente desea guardar (en la jerga: demanda de dinero), el público correrá a deshacerse de los papeles sobrantes. No es que comprará bienes: nadie se ha vuelto más rico. En nuestro país el refugio natural es el dólar u otras divisas, en el colchón o en el extranjero. En la medida en que todos ofrecen pesos buscando dólares, el precio del peso disminuirá, esto es, subirá el dólar. Salvo, claro, que el Banco Central decida proveer esos dólares a un precio fijo, utilizando para ello sus reservas.

El principal canal por el que la emisión de dinero afecta a los precios es, entonces, el valor del dólar. Algunos productos (los que se exportan, los que se importan y los que compiten con productos importados) reaccionan inmediatamente ante cambios en el precio del dólar. La experiencia argentina de 2002 permite estimar ese efecto directo: el billete verde aumentó 2 pesos (de 1 a 3) y los precios aumentaron un 40%: algo así como 10% de inflación por cada 50% de aumento del dólar.

Con el tiempo, sin embargo, es inevitable que todos los precios se ajusten. La transmisión es menos directa y lleva más tiempo: los altos precios de los productos dolarizados estimulan la producción y el empleo en esos rubros (de allí la fabulosa expansión de nuestro campo y la veloz recuperación de nuestra industria tras la devaluación), a la vez que los ganadores de la depreciación (los empresarios de esos sectores, las personas con riqueza dolarizada, los turistas) saquean los shoppings sean o no las Navidades, construyen countries enteros y abarrotan los restoranes de todos los Palermos Bo-Bos. Ese atajo a la felicidad (dólar alto, demanda vibrante, más empleo) no es inflacionario mientras haya mucha tela para cortar: esto es, cuando inicialmente había desempleo y fábricas paradas. Pero si el dólar alto continúa una vez que la economía se ha acercado al pleno empleo, los precios de esos bienes domésticos, y particularmente el salario, van escalando a la búsqueda de ese dólar que ha saltado.

¿Hasta cuándo? En teoría, el equilibrio se alcanza cuando la economía llega a su “tipo de cambio real de equilibrio” – cuando los precios y salarios del país medidos en dólares son los que corresponden a su nivel de productividad. Mientras un trabajador en la Argentina sea capaz de producir el doble que uno en Rumania -como ocurre en realidad - y cueste lo mismo, o la mitad que en Hong Kong pero su salario sea la tercera parte, será negocio contratarlo. Si el desempleo es bajo, seguirá la presión salarial, que luego se transmitirá a los precios. Nadie sabe bien cuál es el nivel de precios en dólares “correcto” para el país: ciertamente más alto que en 2002 pero más bajo que en 2001. Hoy igoramos también, por obra del INDEC indecoroso, cuál es nuestro nivel de precios actual. Estamos recorriendo, pues, una distancia indefinida, entre dos puntos cuya ubicación desconocemos.


En estos últimos años, sin embargo, la inflación nació, creció y se reprodujo sin que hubiera desequilibrios fiscales, y con una emisión de dinero moderada, que simplemente acompañó las crecientes necesidades de liquidez de una economía en expansión. ¿Por qué, entonces, la inflación? ¿Costumbre nacional? ¿Condena argentina?

Nestornomics, 2003-2006

Néstor Kirchner llegó al poder con una economía muy especial. La explosión macroeconómica de 2001/2002 había levantado una nube de polvo que hacía difícil ver que la estructura económica Argentina era más moderna y más adecuada a la economía mundial que en cualquier momento del medio siglo anterior. La depreciación del peso despertó las energías de miles de empresas que, si habían sobrevivido a la apertura y el dólar barato, ahora podían ganar mucho dinero expandiéndose hacia al exterior u ocupando en el mercado interno la vacante que dejaban unas importaciones en retirada.

Pero el aumento de la rentabilidad privada no fue el único efecto colateral benéfico de la crisis. La combinación de default y devaluación resultó inmejorable para la caja: el componente dolarizado de los gastos se redujo, y el pesificado (esencialmente, salarios públicos) no creció mucho mientras los sueldos se mantuvieron retrasados. Del lado de los ingresos, en cambio, se aumentaba con las retenciones la proporción dolarizada y la recaudación de otros impuestos subía con el salto de precios del 2002. Todos los empleadores del país, públicos y privados, se beneficiaban con la nueva configuración de precios: facturaban mucho más –y por triplicado en la medida en que su recaudación estuviera dolarizada- mientras que su gasto salarial aumentaba despacio. El gobierno tenía en sus manos el instrumento para graduar las ganancias públicas y privadas: cuanto más alto el dólar, mayor su excedente y el de otros empleadores.

Paradójicamente, para que el círculo cerrara era necesario en la otra punta del ovillo un “ejército de reserva” de trabajadores desempleados. Allí otra buena mala noticia, por así decirlo, de la crisis. Perverso como era para muchos argentinos, el desempleo impedía que aquel dólar recontra-alto que beneficiaba a los empresarios y al Estado se viera licuado por ganancias en los salarios (el Recuadro de la página X explica la transmisión entre dólar, precios y salarios).

Claro: todo ovillo tiene su final. El dólar alto tensó la cuerda hasta el punto en que la buena mala noticia se convirtió en una mala buena noticia: el desempleo de un dígitio nos llevaría a la inflación de dos. Para cuando Lavagna pasó de la vereda de enfrente geográfica del Presidente a su vereda de enfrente política (fin de 2005) ya los salarios crecían al 20%, y evidentemente ponían presión sobre los precios; para cuando la Mujer de la Bolsa tuvo que dejar el ministerio, rotos los fórceps para controlar los precios y demasiado evidentes los lápices rojos para dibujarlos, en la cabeza de los argentinos la inflación tenía ya el número 15%.

Cristinomics (2007-...): ¿Illia, Menem o Perón?

Al menos en lo que a inflación respecta, Kirchner lega a su sucesora un regalito soñado por todo marido agobiado por su mujer. La inflación en el Interior del país, mejor medida que la del GBA, anda en 2007 por un valor equivalente al 16% anual. La recaudación del IVA crece a tasas del 40% al año; con el consumo real creciendo como máximo al 10%, quedan 30 puntos para explicar por una combinación de mejor recaudación e inflación. Conclusión: la inflación argentina ya está seguramente por arriba del 15. Para cuando el Primer Magistrado y la Primera Dama intercambien roles, nadie se sorprenderá si la inflación está corriendo al 20%.

¿Seguirá aumentando? ¿Qué debería hacer el (nuevo) gobierno para frenarla? ¿Debería ser atacada gradualmente o de un saque? Una generación y media de economistas argentinos dedicó buena parte de sus esfuerzos a responder esas preguntas, y de sus trabajos podemos aprender muchas lecciones. Por ejemplo: la idea de que la inflación es un monstruo que una vez azuzado es difícil de calmar. Más aún: una vez pasado cierto umbral, la inflación tiene una tendencia a perpetuarse o a acelerarse.

Un primer corolario de esa idea –más vale no despertar al monstruo- ya no es tan útil: la política cambiaria de Kirchner-Lavagna acabó por despertar a la inflación. La aceleración del gasto público que acompañó a su reaparición no ayudó, pero no fue el factor central: en la comparación internacional, la Argentina es anormal por su inflación y por su política cambiaria, no por su política fiscal.

Pero sí es útil un segundo corolario: cuanto antes se detenga la inflación, más fácil será frenarla. No está claro cuál es el umbral a partir del cual la inflación se acelera a sí misma, pero parecemos estar peligrosamente cerca. Ya todo el mundo negocia salarios pensando en la inflación que habrá; y para estimarla usa como aproximación la del pasado inmediato: en otras palabras, la inflación pasada genera expectativas de inflación, y las expectativas de inflación hacen que los precios (en particular, aquellos que se pactan por un período largo, como los salarios) se ajusten hacia arriba. Cuanto más alta la inflación, más rápido se ajustan los comportamientos para evitar pérdidas reales; pero cuanto más veloces esos ajustes, más alta la inflación.

La experiencia argentina sugiere que el umbral a partir del cual la inflación se alimenta a sí misma no está lejos de la inflación actual: un par de veces la Argentina redujo su inflación a partir de 10% o hasta 15% anual. Pero pasados los 20%, siempre se llegó a 50% o más. En otras palabras: es urgente una estabilización si no queremos volver a tasas de inflación realmente complicadas.

¿Optará Cristina Fernández de Kirchner por un “plan de estabilización” a la vieja usanza, que baje el índice antes de que sea demasiado tarde? Los escenarios posibles pueden resumirse en referencia a tres presidentes argentinos. Una posibilidad es tomar la Autopista Illia. Arturo Illia llegó al gobierno en octubre de 1963. Su presidencia es políticamente incomparable con la que surja de las próximas elecciones por la escasa legitimidad de origen (el voto en blanco ganó la elección) y por las amenazas inmediatas y recurrentes de un golpe militar, finalmente materializado en 1966. Pero la inflación inicial sí emparenta ambas experiencias. En el momento en que Illia se calzó la banda presidencial, los precios eran 20% superiores a los de doce meses atrás. Illia careció del poder o la decisión para combatir la inflación. Hubo algunos controles, ineficaces como acostumbran a ser, y el dólar fue ajustándose al ritmo de los precios, para evitar que los aumentos de salarios licuaran la rentabilidad. A los dos años de mandato, la inflación ya andaba por el 40%, un nivel que ayudó poco a impedir su remoción por las Fuerzas Armadas.

Es posible que a Fernández el camino de Illia le resulte tentador. Cuando el año que viene los sindicatos pidan –y acaso obtengan- 20% o más, aun el dólar de $3,20 será insuficiente para algunos empresarios, particularmente para aquellos más afectos al “modelo de dólar alto” y por eso mismo más kirchneristas. Otra vez, la ambición empresarial coincidirá con las necesidades de caja: más dolar, más recaudación. A la larga, sin embargo, la Autopista Illia pasa por la villa miseria de la inflación alta y creciente. Persistir en la política de dólar caro sencillamente porque funcionó para salir del desempleo es un error comparable a persistir con la convertibilidad cuando la tarea de la estabilización había sido cumplida. Aquel error condujo al desempleo; éste a la inflación.

Una segunda alternativa tiene algo de menemista. La convertibilidad de 1991 arrancó con un dólar comparativamente alto: hoy un precio de $4,50 por billete estadounidense* da lugar a la misma relación entre precios argentinos y norteamericanos que aquel 1 dólar = 1 peso en abril de 1991. Los precios siguieron subiendo durante el primer par de años de la convertibilidad, y a fines de 1993, por ejemplo, eran 44% más altos que al comenzar el emparde entre el dólar y el peso. En aquel momento, las voces que reclamaban por el atraso cambiario –el encarecimiento argentino medido en dólares- eran acalladas por la ley de hierro de la convertibilidad. Devaluar no era una opción. Efectivamente la inflación de 1991-1993 llevó a los precios argentinos a un nivel peligrosamente alto, que bastante tuvo que ver con los problemas posteriores.

¿Puede Fernández tomar el camino menemista? Tiene la ventaja, respecto al de Illia, que la inflación finlamente tiende a ceder - pero ese momento puede ser tarde, cuando los precios ya ha quedado encarecidos, o puede ser nunca. Aun en un país con bruscos vaivenes discursivos, parece difícil que una familia ahora tan identificada con el súperdólar, y tan enemistada con los 90s, pueda enarbolar en un par de años un discurso de dólar barato.

Queda, finalmente, el camino de Perón. Perón puso en práctica en 1952 el primer plan de estabilización digno de tal nombre en la historia argentina. La estabilización del primer peronismo tuvo componentes ortodoxos y otros que más tarde serían llamados heterodoxos. Sí, por un lado se redujo el gasto (un 23% en términos reales entre 1950 y 1953), aminoró la emisión, y se hizo de la austeridad una bandera e inclusive –literalmente- muchos afiches. Pero también se actuó sobre las expectativas de inflación. Aquí se prefiguraba lo que luego se desarrollaría teóricamente: si la inflación es explosiva porque alimenta sus propias expectativas, un programa de estabilización difícilmente sea exitoso si no logra transmitir la idea de que la inflación se reducirá rápidamente. Desde luego, es necesario actuar sobre las causas últimas de la inflación: la política monetaria –es decir, cambiaria- y, en menor medida, la fiscal. Pero ese plato debe servirse con el ingrediente de un consenso creíble de que ciertos precios (tarifas y salarios) no se moverán, o se moverán menos.

Perón organizó su estabilización alrededor de una Comisión Nacional de Precios y Salarios y estableció que las negociaciones salariales serían cada dos años. Los controles de precios y subsidios existieron en aquella época como existen en esta, pero no como un argumento solitario contra la inflación sino como parte de un programa completo de estabilización, que los volvía más creíbles. El éxito de la estabilización del primer peronismo fue impresionante: de una inflación de casi 60% en enero del 52 se llegó a una estabilidad completa, e incluso cierta deflación, en unos pocos meses.

La estabilización al estilo del primer peronismo resultará atractiva y útil para Fernández en la medida en que sea consciente del problema que enfrenta. Si se minimiza el riesgo inflacionario, es probable que el énfasis se coloque sólo en los aspectos amables, como un Acuerdo Social. Pero para transmitir convincentemente que la inflación se reducirá es necesario en primer lugar actuar sobre el fondo de la cuestión: cambiar la estrategia –y acaso los estrategas- del Banco Central, dando a entender que se manejará el dólar mirando a la inflación, como dice su Carta Orgánica, y no tanto a los bolsillos de los empresarios o del Estado. También habrá que ajustar en el minuto cero aquellos precios que están evidentemente retrasados, incluyendo los salarios (particularmente los públicos) y, sobre todo, ciertas tarifas, para que sea creíble que no aumentarán en el futuro.

Ahí sí un par de regalos, bien costosos pero bien buenos, que podría hacerle el presidente a su señora.


* Un lector se sorprendió de este número, y tenía razón. Cometí el clásico error de confundir el numerador y el denominador al calcular el tipo de cambio real, en realidad puse los precios norteamericanos en un lugar queno correspondía. El TCR de marzo 91 era cerca de 2, si la base es Ago-07=3,15. Lo cual muestra, de paso, que la inercia inflacionaria puede ocurrir aun con tipos de cambio no depreciados.

16 comentarios:

Julián dijo...

de acuerdo en que Lavagna estaba usando la medicina adecuada para la enfermedad del momento, adjudicarle la inflación actual es erróneo, cuando el se fue el dólar estaba a 2,80$, si hubriésemos dejado el dólar en ese nivel la inflación de hoy sería bastante menor...no la veo a Cristina estabilizando, la soberbia eufórica de los K nos pueden hacer chocar...

Anónimo dijo...

Rollo estoy desesperada mi hermanito suspendió el Olé y ahora compra the economist, Bs Week etc y no entiende sobre el carry trade, la subprime, el credit crunch o el punto bonus que se yo.
La profesora de música.

Anónimo dijo...

Rollo, mi hermanito quiere seguir la evolución del VIX me parece que debe ser algo obceno, no se si contarle a Ma. Uds. los economistas ¿juegan con las palabras? Una buena mala noticia, Una mala buena noticia, una noticia buena mala, una noticia mala buena, noticia buena una mala... me cansé.

Anónimo dijo...

Bueno, "es lógico que después de una gran sequía, vuelvan las épocas de lluvias e inundaciones"
Desde el Jardín.

Anónimo dijo...

¿Qué?... ¿la mancha? ¿Qué mancha ...?
No se nota la mancha!, la mancha no se nota!
Martín
(Cuando tenía tres años).

Ahora: No hay inflación!

Peter Wiggins dijo...

Tiene razón Alberto Fernandez: la culpa de las crecientes expectativas inflacionarias la tiene la prensa, a la que se le dá por publicar los índices elaborados por consultoras privadas y que pregona acerca del conflicto en el Indec; fíjense que en el listado de países víctimas de la inflación posteado no figuran ni Cuba ni Corea del Norte, ahí si que la prensa sabe a que atenerse.
Saludo cordial,

ENRIQUE PINTI dijo...

Respecto al comment "Qué?... ¿la mancha? ¿Qué mancha ...?", me hizo acordar a las flamantes declaraciones del presidente iraní diciendo que en su país, a diferencia de en los EE.UU., no existe la homosexualidad.

Diego dijo...

A ver, vayamos por parte...


Debo admitir que yo también estuve tentado en pensar que la inflación tenía algún que otro componente cultural. El "lo voy a subir unos centavitos, total en ese lío donde sube todo quien se va a dar cuenta". Ya sabemos que el mercado argentino está más bien orientado a un pequeño segmento al cual se le saca la máxima ganancia posible, a diferencia de lo que ocurre en otros mercados que hacen la mosca vendiendo con menor margen de ganancia a pero a mayor escala. Sin embargo, después pensé: Y en el período 1993-2001 el país no estaba también habitado por argentinos, y sin embargo tuvimos una inflación totalmente aceptable? Los argentinos tendremos nuestras mañas -como en cualquier otro país- pero las fuerzas del mercado son más fuerte.

2. Luego de una devaluación con picos de 300%, tuvimos una inflación del sólo 50% (2002) y una normal en los años siguientes. ¿Es lógico pensar que con una devaluación así íbamos a tener una inflación del 60% y chau picho? No sé si fue acá, en The Economist o donde que vi un cuadro que mostraba la evolución de la inflación en distindos países luego de haber sufrido megadevaluaciones. Comparado con países como México o Brasil, mientras que los primeros tuvieron una inflación súbita, la Argentina tuvo una inflación moderada y paulatina.

A todos los que careteaban al principio que la competitividad ganada a costas de la devaluación se les advertía que la brecha no tardaría en cerrarse. Y parece que esta vez los pesimistas no se equivocaron.

Mariano T. dijo...

Indice Precios Mayoristas Dic del 2001: 100.22
Agosto del 2007: 314.41
Esta todo dicho.

Rollo Tomasi dijo...

ja ja notable.

Anónimo dijo...

http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-91823-2007-09-23.html
tenemos inflación para rato:
aunque "Cristina Fernández de Kirchner está convencida de que la economía debe confluir hacia un índice de precios al consumidor de entre el 3 y el 4 por ciento en el año", nos enteramos también que:
"La prioridad es seguir fortaleciendo el mercado interno, concertar salarios y precios e incentivar la inversión con ventajas impositivas. No se busca bajar el gasto público, pero sí gastar menos en subsidios a privatizadas y al sector energético."

Anónimo dijo...

Conozco el Honda, el BMW, Renault, Ford, etc. pero el autoplagio es la primera vez que lo escucho.

Ana C. dijo...

Difícil tener ganas de leer el resto después de leer esto:

"Que la emisión excesiva causa subas en los precios es una del puñado de ideas que los economistas creen con fe inquebrantable, aunque pocos se sienten a reflexionar sobre los motivos. No es que la emisión aumente el poder de compra, y por esa vía estimule la demanda y finalmente los precios."

¿No es un poco inexacto hacer dos afirmaciones así?

Moe dijo...

Verlo de esa forma, queda sabor a sopa.

Lo de la inercia precios salarios, requiere no solo que haya poco desempleo pero que los salarios ya esten en equilibrio (y en particular, el equilibrio que se corresponda con el tipo de cambio a 3.2). De lo contrario, tu interpretacion de pasar de inflacion de 15-20% a 50% por espiral es solo una de las posibles historias que se pueden contar.

La segunda alternativa es que los precios reales sigan subiendo, y no generen espiral. Se podra decir que hay algo de espiral y algo de recuperacion de salarios, pero suena a vuelto (sobre todo, porque la mayoria de los salarios no se ajustan por convenio, asi que es mas facil ajustes por sector).

Me parece que la respuesta a la inflacion esta en otros precios relativos. Los precios de alimentos (precios internacionales vs domesticos) y de la energia en menor medida. Los salarios vienen despues.

Entonces, lo novedoso de la inflacion 2000 se refleja mejor en la economia real que en la monetaria.

Tampoco estoy de acuerdo en lo de las expectativas, pero eso seria mas largo de discutir.

Gualra dijo...

Rollo: la parte en azul me parece un tanto confusa. Empezás sugiriendo que el exceso de pesos causa inflación, pero luego sugerís que no hay tal cosa como emisión excesiva, dado que los pesos sobrantes se aplican a la compra de dólares. Lo cual es totalmente coherente: por qué el sistema financiero (dada la tasa de interés) habría de esperar a que el BCRa expanda la liquidez para aumentar sus prestamos? está claro que las reservas sobrantes los bancos las van a aplicar a la compra de un activo algún remunerado, o en su defecto dólares.

Lo del pleno empleo yo no lo veo tan claro. En el caso del creo que la tasa natural responde a la demanda; piensen sino de dónde vinieron nuestros padres y/o abuelos. Con respecto al capital, para vos la inversión responde a los cambios en la tasa de interés?

ernesto dijo...

Rollo: soy importador y no se si sabes que la Aduana esta jodida y me ponen trabas burocráticas para cualquier bien que traigo. La verdad que estoy preocupado, porque si a mi me sube el precio del dolar por arriba de 3,50 antes de marzo 2008, me fundo (por las mercaderias estacionales que tengo). Como ves el futuro inmediato?
Saludos