viernes, febrero 22, 2008

crisis norteamericana, ¿lecciones argentinas?

En el fabuloso sitio Intrade.com pueden hacerse todo tipo de apuestas sobre la economía, la política y casi todo lo que asoma en el volátil firmamento de la esfera pública. Ha pasado rápidamente a “Mis Favoritos” porque consulto casi a diario los valores de las dos apuestas que están más de moda y que –supongo que por eso mismo– me tienen enviciado: si Barrack Obama ganará la interna demócrata y si habrá o no recesión en Estados Unidos en el año 2008. Cada apuesta tiene un precio entre 0 y 100, al que uno puede comprarla o venderla. Ejemplo: el lunes, antes de las internas en Hawaii y Wisconsin, se podía comprar (o vender) Obama Nominado a cerca de 72. Si en noviembre Obama resulta candidato, los que hayan comprado recibirán 100 –ganarán la diferencia de 28– y los que hayan vendido deberán pagar 100, esto es, 28 más que lo que obtuvieron al vender. Si la candidata es Hillary, nadie paga nada, de modo que el comprador pierde los 72 que puso y el vendedor se queda con los 72 que recibió originalmente.

Una apuesta de Intrade que valga cerca de cero daría una ganancia extraordinaria a un comprador que anticipe un hecho muy improbable (Gore presidente en noviembre puede comprarse a 0,8), y un precio cercano a 100 da un margen grande a quien venda, apostando a que no ocurra algo que todo el mundo descuenta (Daniel Day Lewis ganador del Oscar al mejor actor puede venderse hoy 90 dólares, a cambio del riesgo de tener que poner 10 si se lleva la estatuilla). El precio se aproxima, entonces, a la probabilidad porcentual de que el hecho apostado ocurra.

Para los apostadores de Intrade, la probabilidad de una recesión en Estados Unidos durante este año anda hoy por el 64%. Es una de las apuestas que aparece recomendada en la página inicial, aunque no sea tan popular como las que se hacen por Obama o por Hillary. La R-word, como le dicen, cotiza en alza: según Google Trends, las búsquedas incuyendo la palabra prohibida han explotado. La recesión es un boom: cada dato nuevo de la economía se recibe como las palabras de un oráculo: no importa qué tan enfáticos o qué tan contradictorios sean, pueden desatar instantáneamente júbilos o pánicos. (Los últimos han mostrado, lamentablemente, cierta desdichada coherencia).

La ansiedad de los norteamericanos por la palabra-Erre me recordó al año que vivimos en peligro: aquella época en la que el termómetro diario era el riesgo país, el semanal, los retiros de depósitos y el mensual el creciente agujero fiscal, todo mechado aquí y allá por las andanadas desbordantes del ministro Cavallo. ¿Hay algo más, además de esa ansiedad, que emparente aquella crisis grande que sufrió este pequeño país con esta (todavía) pequeña crisis que hoy sufre aquel país grande?

Mucho más de lo que aparece en la superficie. El problema a resolver, aquí y allá, era el mismo: Argentina de fines de los 90 consumía más de lo que podía prestarle el resto del mundo de manera sostenible, igual que Estados Unidos en los últimos años. El mayor consumo estaba justificado, en los dos casos, por la percepción de una mayor riqueza: la Argentina de las reformas sería al cabo un país rico, que podía empezar a consumir de inmediato los réditos futuros de esa economía modernizada; Estados Unidos había liderado la revolución de las tecnologías de la información, en parte gracias a una flexibilidad para crear y para destruir que le daba ventaja respecto al rechinar aparatoso de las industrias de Europa y Japón, ancladas en el siglo XX. En la Argentina, la sensación de riqueza se palpaba en los precios de las cosas (dolarizadas a niveles de Primer Mundo); en Estados Unidos, en los precios de las casas, que no tenían los cimientos sobre la tierra. Las percepciones de grandeza son siempre dañinas, pero mucho más si en el medio hay un sistema financiero: en la Argentina la promesa de devolverle dólares a quien depositara dólares sólo era cumplible si no había una devaluación de la moneda que desmoronara la capacidad de pago de los deudores en billetes verdes; en Estados Unidos, la implosión de la burbuja también está sembrando dudas sobre la viabilidad de los contratos financieros escritos cuando los precios de las propiedades eran otros.

Desde luego, las proporciones de una y otra crisis no pueden comprarse. Hace un par de semanas el mundo económico de Estados Unidos leyó con preocupación un trabajo que contrastaba el problema norteamericano con episodios críticos en otras naciones ricas, y mostraba que en casos comparables (el más grave, Japón de los 90) el crecimiento había aminorado 2 puntos porcentuales por un par de años – una leve hondura al lado del precipicio de dos dígitos en que la economía argentina cayó en 2002. Más allá de las diferencias de magnitud, sin embargo, la experiencia argentina muestra con cierta claridad –precisamente por lo extremo del episodio– qué fuerzas pueden contribuir a una recuperación.

En primer lugar está lo primero: si la crisis tiene que ver en última instancia con consumir por encima de los propios medios, habrá que moderar ese consumo. Esa austeridad no sólo será impopular y algo dolorosa (aunque lejos de la que sufrieron trabajadores y desempleados argentinos en 2002), pero además peligrosa. La caída en la demanda de los consumidores tiene que ser reemplazada por otro tipo de estímulos a la producción. En la Argentina, ese papel lo jugaron sobre todo la producción local de bienes que antes se importaban pero se habían encarecido con la devaluación, y la intensificación de las exportaciones de la mano de esa misma rentabilidad. Algo similar ya está comenzando a ocurrir en Estados Unidos: en el último año las cantidades importadas crecieron sólo 1,7% mientras que las exportaciones aumentaron 8%. El dólar débil puede hacer fuerte a los Estados Unidos, permitiéndole competir en el mundo y fabricar puertas adentro parte de lo que importan (que es algo así como diez veces toda la producción de la Argentina). En comparación con esos estímulos, lo que el Estado pueda cinchar, gastando más o bajando los impuestos, no es gran cosa, y además implica un mayor endeudamiento, que es parte del problema.

En segundo lugar, debe quedar claro que el gobierno será activo en el control de los problemas financieros. Todo lo que haga para garantizar la confianza de los prestamistas, individuales o institucionales, será poco: sí, bajar las tasas de interés es parte de ello, pero también ayudar a valorizar los activos que respaldan los contratos, poniendo dinero público si es que hace falta. La clave es llegar lo más rápido posible a un punto en el que empieza a asomar la expectativa de que las condiciones financieras no seguirán empeorando, algo que en la Argentina comenzó a vislumbrarse ya a mediados de 2002. Para una economía mucho más sensible a los vaivenes del crédito que la nuestra, normalizar el sistema financiero es clave para envalentonar a los consumidores y a las empresas.

Un tercer parelelo, en este caso de orden político, no es menos importante. El cambio de expectativas requiere un panorama claro sobre el futuro de la política económica. Estados Unidos no tendrá cinco presidentes en pocos días; pero no sería malo para la economía que en algún momento del verano boreal exista un candidato con aura ganadora y una orientación económica definida, que vaya delineando el modo en qué el gobierno puede contribuir a la recuperación.

1 comentario:

Julián dijo...

mas claro echale agua